Soy gay
6 de Octubre, 2008
Me estomaga la gente mariquita. No estoy, en modo alguno, efectuando una declaración de homofobia, sino apelando a la ausencia de determinación reinante en la sociedad en que vivimos.
Cada vez quedan menos personas con carácter. Menos personas que tengan unos ideales o crean en unos valores, en un futuro, en un sueño. Su vida se reduce, con frecuencia, a me-levanto-desayuno-como-y-me-acuesto, que decía mi padre.
Esto no ha de repercutir en el avance del mundo, puesto que los trabajos siguen existiendo: médicos, investigadores, informáticos; y con ellos, la posibilidad de mejora global de la calidad de vida. Pero sí degrada la condición humana hasta el punto de desembocar en la animalidad.
Están aquéllos indiferentes vocacionales, a los que todo le da igual. No como una renuncia, sino como una conquista:
-¿Tú qué opinas de las células madre?
-Pss… Passso de ese polaco.
Y también los indiferentes selectivos:
-¿Tú qué opinas del cambio climático?
-Pss… Passso de ese polaco.
-¿Y no opinas que Raúl está acabado?
-Oye, a Raúl ni tocarlo, que te meto una mascá.
A esta ataraxia crónica se le une un mal peor: la ausencia de proyectos propios. Para estos borregos, no existe vida más allá del trabajo. Les basta con hacer lo que les dicen que tienen que hacer, recibir su dinero a fin de mes y pagarse un coche o una hipoteca con la que obligarse a seguir trabajando para no tener que pensar:
-¿Y a ti no te interesa nada más allá de tu trabajo?
-Soy gay.
-Ah, perdona.
La falta de proyectos personales deviene en la falta de implicación: El que no es nada, no puede creer en sí mismo y quien no cree en sí mismo, es incapaz de implicarse en nada.
En esta dicotomía entre vivir y estar vivo, los primeros nos sentimos tan alejados de los segundos, que a veces nos parece que éstos vinieran de otro planeta. Así, cuando amigos míos me dicen que están con sus novias porque no encuentran nada mejor, o me animan a no dejar a fulanita porque no estamos mal juntos, me da por preguntarme si es que estas personas no se quieren nada a sí mismas o si soy un bicho raro por andar persiguiendo todavía las cosas verdaderas de la vida.

Dos y cuarto de la tarde. Entro en el Pans & Company de Callao. Bocadillo, ensalada y agua. Me siento a comer.
Bunbury siempre me ha parecido un tonto.


