Malasaña Chai Tea (36)
28 de Junio, 2009| 36 |
| AUNQUE EL VIENTO FRÍO Y ÁSPERO no invita a ello, el clarinetista no desfallece y continúa tocando con la esperanza de que alguien le eche unas monedas. Pero no hay mucho tránsito en la calle Ibiza y tendrá que conservar la paciencia.
Pulso el botón del portero automático de casa de Irene. Espero unos segundos, pero nadie contesta. Saco el móvil del bolsillo: las cuatro y ocho. El sombrero está a punto de volarse; consigo atraparlo con una mano. Llamo de nuevo. Mantengo apretado el botón un buen rato para cerciorarme de que no hay nadie en la casa. Pero sí hay alguien. —Quién es. —Hola. Venía a ver el piso. Se oye un zumbido metálico y la puerta se abre. —Suba. El portero se queda mirándome cuando paso a su lado. —Buenas —saludo. No me contesta. La madre de Irene sujeta la hoja de la puerta invitándome a pasar. Cuando lo hago, la cierra a mis espaldas y me rodea con una hábil maniobra de la silla de ruedas. —Ten cuidado con las cajas, todavía estoy decidiendo qué se tira y qué se guarda. Cuando me ayuda mi hija, corro más, pero eso es algo que no sucede todos los días. Los hijos os creéis que vuestro rol en la vida es solamente recibir. Llegamos al salón. Es la tercera vez que estoy en la casa y nunca había ido más allá del cuarto de Irene. Un viejo tresillo de cuero verde con remaches metálicos ocupa el centro de la habitación. Se nota que ha sido movido porque en una de las paredes hay una marca que se corresponde con sus dimensiones. Enfrente del sofá, a apenas un metro de distancia, un televisor plano de unas cuarenta pulgadas emite un concurso de esos que plantean un problema de apariencia trivial y facilitan un número de teléfono sobreimpreso para que la gente llame y se deje los cuartos. El sonido está tan bajo que es casi imperceptible. En un rincón hay un discreto escritorio sobre el que reposa un monitor de ordenador con un fondo de pantalla de una playa paradisiaca. A diferencia del televisor, es un modelo muy antiguo. Algunas cajas más están repartidas por el suelo. —Yo sigo pensando que no es aún momento de ver el piso, ya ves cómo lo tengo. Pero bueno, como me has dicho que eres amigo de mi hija, pues bueno, supongo que no importa que todo sea un poco informal. Me mira esperando una confirmación que no llega. —Si no te importa, déjame un minuto que termine una cosa y ahora me pongo contigo. Siéntate, si quieres. Ponte la tele, algo, lo que quieras. Me siento. No me ha dicho dónde está el mando a distancia, ni lo veo por aquí. Me limito a fingir que estoy siguiendo el concurso. Miro hacia atrás con discreción: Está jugando al solitario. Su moño gris oscila de izquierda a derecha con el vaivén rítmico de su cuerpo. —Me gusta imaginar que estoy bailando. Pienso en una música e imagino que estoy en el Círculo de Bellas Artes. ¿A ti te gusta bailar? —No mucho, la verdad. —Bah. Si yo pudiera mover las piernas como tú, me pasaría el día entero bailando. Su afirmación me hace sentir un poco miserable. —Pero estos dos trozos de madera no me sirven para nada. Se golpea los muslos con la palma de las manos. Al hacerlo, veo que tiene las uñas de los pulgares pintadas de rojo, aunque no el resto de las uñas. Durante diez o quince minutos, lo único que escucho es la voz monocorde de la presentadora y los clics de ratón. —Perdona si te he hecho esperar mucho —noto que al hablarme, alterna su mirada entre mis ojos y mi sombrero—. Pero es que una vez que empiezo a jugar a la cosa ésta, no puedo parar hasta que no gano una partida. Sé que es absurdo, pero es superior a mis fuerzas este maldito trasto. La presentadora sigue apuntando en una pizarra países que no son la respuesta correcta. —¿Quieres bailar conmigo? —¿Cómo? —la pregunta me ha pillado por sorpresa. —Nada, estaba pensando que podríamos bailar un poco. Intento adivinar lo que me está proponiendo exactamente. —Yo no puedo mover las piernas, pero los brazos, el tronco y la cabeza, sí. Una batería es más compleja que un tambor. Pero eso no quita que el tambor pueda llevar perfectamente el ritmo. ¿No crees? Suena Lambada. Sentada en la silla de ruedas, inicia el bamboleo con su cuerpo. —Es muy fácil, sólo tienes que dejarte llevar. Siéntate en esa silla. En un acto de solidaridad con el que espero cumplir para toda la semana, poso mi trasero en la silla de oficina y empiezo a balancearme junto a la madre de Irene. Cierro los ojos, no sé si por centrarme en la música o por vergüenza, y dejo que mis hombros describan trazos en el aire mientras mis brazos y mi cintura adquieren una voluntad propia que no les conocía. Tres minutos más tarde, la música ha concluido y me duelen las articulaciones. Permanezco otros tres minutos arrellanado en el asiento, sin abrir los ojos todavía. Los abro. Toso. Me levanto. —Domingo Papell, detective privado —digo por fin. |


