soy Qualid by Nokia

Malasaña Chai Tea (36)

28 de Junio, 2009
36
AUNQUE EL VIENTO FRÍO Y ÁSPERO no invita a ello, el clarinetista no desfallece y continúa tocando con la esperanza de que alguien le eche unas monedas. Pero no hay mucho tránsito en la calle Ibiza y tendrá que conservar la paciencia.

Pulso el botón del portero automático de casa de Irene. Espero unos segundos, pero nadie contesta. Saco el móvil del bolsillo: las cuatro y ocho.

El sombrero está a punto de volarse; consigo atraparlo con una mano.

Llamo de nuevo. Mantengo apretado el botón un buen rato para cerciorarme de que no hay nadie en la casa. Pero sí hay alguien.

—Quién es.

—Hola. Venía a ver el piso.

Se oye un zumbido metálico y la puerta se abre.

—Suba.

El portero se queda mirándome cuando paso a su lado.

—Buenas —saludo.

No me contesta.

La madre de Irene sujeta la hoja de la puerta invitándome a pasar. Cuando lo hago, la cierra a mis espaldas y me rodea con una hábil maniobra de la silla de ruedas.

—Ten cuidado con las cajas, todavía estoy decidiendo qué se tira y qué se guarda. Cuando me ayuda mi hija, corro más, pero eso es algo que no sucede todos los días. Los hijos os creéis que vuestro rol en la vida es solamente recibir.

Llegamos al salón. Es la tercera vez que estoy en la casa y nunca había ido más allá del cuarto de Irene.

Un viejo tresillo de cuero verde con remaches metálicos ocupa el centro de la habitación. Se nota que ha sido movido porque en una de las paredes hay una marca que se corresponde con sus dimensiones. Enfrente del sofá, a apenas un metro de distancia, un televisor plano de unas cuarenta pulgadas emite un concurso de esos que plantean un problema de apariencia trivial y facilitan un número de teléfono sobreimpreso para que la gente llame y se deje los cuartos. El sonido está tan bajo que es casi imperceptible. En un rincón hay un discreto escritorio sobre el que reposa un monitor de ordenador con un fondo de pantalla de una playa paradisiaca. A diferencia del televisor, es un modelo muy antiguo. Algunas cajas más están repartidas por el suelo.

—Yo sigo pensando que no es aún momento de ver el piso, ya ves cómo lo tengo. Pero bueno, como me has dicho que eres amigo de mi hija, pues bueno, supongo que no importa que todo sea un poco informal.

Me mira esperando una confirmación que no llega.

—Si no te importa, déjame un minuto que termine una cosa y ahora me pongo contigo. Siéntate, si quieres. Ponte la tele, algo, lo que quieras.

Me siento. No me ha dicho dónde está el mando a distancia, ni lo veo por aquí. Me limito a fingir que estoy siguiendo el concurso.

Miro hacia atrás con discreción: Está jugando al solitario. Su moño gris oscila de izquierda a derecha con el vaivén rítmico de su cuerpo.

—Me gusta imaginar que estoy bailando. Pienso en una música e imagino que estoy en el Círculo de Bellas Artes. ¿A ti te gusta bailar?

—No mucho, la verdad.

—Bah. Si yo pudiera mover las piernas como tú, me pasaría el día entero bailando.

Su afirmación me hace sentir un poco miserable.

—Pero estos dos trozos de madera no me sirven para nada.

Se golpea los muslos con la palma de las manos. Al hacerlo, veo que tiene las uñas de los pulgares pintadas de rojo, aunque no el resto de las uñas.

Durante diez o quince minutos, lo único que escucho es la voz monocorde de la presentadora y los clics de ratón.

—Perdona si te he hecho esperar mucho —noto que al hablarme, alterna su mirada entre mis ojos y mi sombrero—. Pero es que una vez que empiezo a jugar a la cosa ésta, no puedo parar hasta que no gano una partida. Sé que es absurdo, pero es superior a mis fuerzas este maldito trasto.

La presentadora sigue apuntando en una pizarra países que no son la respuesta correcta.

—¿Quieres bailar conmigo?

—¿Cómo? —la pregunta me ha pillado por sorpresa.

—Nada, estaba pensando que podríamos bailar un poco.

Intento adivinar lo que me está proponiendo exactamente.

—Yo no puedo mover las piernas, pero los brazos, el tronco y la cabeza, sí. Una batería es más compleja que un tambor. Pero eso no quita que el tambor pueda llevar perfectamente el ritmo. ¿No crees?

Suena Lambada. Sentada en la silla de ruedas, inicia el bamboleo con su cuerpo.

—Es muy fácil, sólo tienes que dejarte llevar. Siéntate en esa silla.

En un acto de solidaridad con el que espero cumplir para toda la semana, poso mi trasero en la silla de oficina y empiezo a balancearme junto a la madre de Irene. Cierro los ojos, no sé si por centrarme en la música o por vergüenza, y dejo que mis hombros describan trazos en el aire mientras mis brazos y mi cintura adquieren una voluntad propia que no les conocía.

Tres minutos más tarde, la música ha concluido y me duelen las articulaciones.

Permanezco otros tres minutos arrellanado en el asiento, sin abrir los ojos todavía.

Los abro. Toso. Me levanto.

—Domingo Papell, detective privado —digo por fin.

Malasaña Chai Tea (35)

27 de Junio, 2009
35
AYER FUI DE COMPRAS CON EVA. Ella tenía que recolectar su cargamento de productos de herbolario y yo quería comprarme otra corbata para no ir siempre con la misma. La nueva es negra.

Ya tengo el llavero de Ferrari. Me lo ha conseguido mi hermano, a través de un amigo suyo. Ahora podré exhibirlo llegado el caso. Poco después de que me lo entregara, se me pasó otra idea por la cabeza: Tengo entendido que existe la posibilidad de entrar en Mensa —la asociación de superdotados— sin la obligación de superar el test de acceso. Según me contó alguien hace tiempo, un psicólogo puede certificar tus aptitudes en virtud de la superación de otras pruebas que él te facilite. Ignoro si esto que yo escuché o leí es cierto, pero de serlo sólo tendría que recurrir a alguna de mis amigas psicólogas y hacer el trapicheo. No tendría la mayor repercusión porque no aspiro a acudir a ninguna de sus reuniones, pero estar en posesión de un carné de la asociación con mi nombre y apellidos podría obrar interesantes reacciones cuando vaya a pagar la cuenta y, de manera distraída, deje entrever el interior de la cartera. Volveré a darle vueltas a esta idea.

Ahora estoy sentado en el Café Comercial, tratando de concentrarme en lo que le voy a decir a la madre de Irene mañana por tarde, cuando llegue a ver el piso. Inicialmente había pensado fingir interés por la casa durante unos minutos y luego ir aproximándome de manera subterfúgica a los temas criminológicos que me preocupan. Pero esta mañana me he despertado cuestionándome si no será mejor actuar como un verdadero detective. Es decir, llegando allí y presentándome como tal.

El 20 Minutos cae sobre mi mesa. Mi padre acaba de llegar con una sonrisa de oreja a oreja. Se sienta y pide un café con leche.

—No tenía por qué acompañarme al aeropuerto —dice a modo de saludo.

—Mamá me lo pidió. De todas formas, tampoco tengo nada que hacer esta tarde.

Su rostro sigue reflejando una alegría desmesurada.

—¿Por qué estás tan contento?

—¿Por qué no se quita el sombrero? ¿No le han dicho que es de mala educación llevarlo puesto bajo techado?

Prefiero no contestar.

—¿Y por qué ahora va siempre con corbata? ¿Le obligan en la librería?

Apuro el último sorbo de té verde.

—No lo entenderías.

Ríe divertido.

—¿Y por qué piensa que no lo iba a entender?

Carraspeo un poco.

—Por la misma razón que no entendiste que me borrara de Filología Hispánica y Magisterio.

—¿Cómo sabe que no lo entendí?

—Estuviste dos años sin hablarme.

—Intenté que reflexionara por sí mismo y que se diera cuenta de su error.

—Claro —ironizo—. Y ésa es la mejor manera de conseguirlo.

Intento no exaltarme, pero la sonrisa de felicidad de mi padre no contribuye a ello.

—Llevo cuatro días yendo a correr. ¿No me ve mejor?

—Es posible.

—Es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. La cabeza no es suficiente para alcanzar el equilibrio. Hay que usar el cuerpo. Ahora estoy liberando todas las toxinas que he acumulado durante años. Es una sensación maravillosa. Yo, si fuera usted, me iría a correr mañana mismo. En serio, debería probarlo.

—Debería, debería, debería… Tú, que debería correr; Eva, que debería hacerme vegetariano; Mamá, que debería acompañarte al aeropuerto… ¿Qué os pasa conmigo para que no paréis de decirme lo que tengo que hacer?

Mi padre alza su taza de café y da un largo sorbo. Mira a la mesa contigua, donde dos veinteañeras discuten sobre lo que parece ser un ejercicio filosófico de la universidad.

—¿Qué es eso de que vas a Barcelona a hablar con Alonso? —Pregunto—. Mamá me lo ha contado por teléfono muy por encima y no me he enterado. De hecho, creo que ella tampoco lo tenía muy claro.

—La otra noche tuve una idea. Es para un programa de ordenador y como yo no sé programar, pensé en tu tío.

—¿Y tienes que ir en persona a pedírselo?

—El noventa y nueve por ciento de los asuntos puede solucionarse por teléfono. Pero hay que estar atento para saber distinguir ese uno por ciento restante. Si tu tío no puede ayudarme porque está muy atareado o lo que sea, seguro que puede, al menos, presentarme a uno de sus compañeros de IBM.

—Sí, me imagino. ¿Y para qué es ese programa que quieres que hagan?

Mi padre baja el tono de voz, como si temiera que las niñas de la mesa de al lado se apoderaran de su idea.

—No sé si alguna vez llegaste a probar uno de esos programas con los que puedes mantener una conversación.

—¿Un chat?

—No. No me refiero a una conversación con otra persona, sino a una conversación con la máquina. Obviamente la máquina no entiende lo que le dices, pero está programada para que finja hacerlo y ofrezca respuestas coherentes. El primer programa de este tipo se llamaba Eliza. Apareció en los años sesenta. Adoptaba el rol de un psicólogo, y tú le contabas tus problemas y él trataba de ayudarte. Cada año surgen nuevos programas de este tipo, cada vez más refinados. Pues bien: mi idea es hacer uno de estos programas, pero dotarlo de cierta personalidad. Y no de una personalidad elegida por mí, como pueda ser: agresivo, gracioso o pedante, sino darle la personalidad del usuario que contrate el servicio. Desde el momento en que se produce la contratación, el usuario recibe correos electrónicos en los que se le van haciendo preguntas. Una al día, una a la semana… Que sea configurable. El usuario también podría enviar fotos inéditas que el programa, de vez en cuando, mostraría. ¿Y para qué queremos un programa que tenga la personalidad del usuario?, se preguntará usted. Muy sencillo: Para que cuando el usuario muera, todos los que lo deseen puedan acceder vía internet a una determinada página, y seguir hablando con él. De esta forma, la pérdida no será tan grande pues uno, al fin y al cabo, es su personalidad y, de algún modo, la persona seguirá viva.

Mi padre paga la cuenta. Cogemos el metro en Bilbao. Bilbao, Alonso Martínez, Nuevos Ministerios, Barajas.

Cómo Escribo Malasaña Chai Tea

25 de Junio, 2009

MCT How to

A veces, en una cafetería, a veces, en casa.

A veces, a mano:

  • Libreta de cuadritos.
  • Bolígrafo Parker negro completamente de acero.

A veces, a ordenador:

  • Portátil Toshiba.
  • Linux Ubuntu.
  • Gedit.
  • Fondo fósforo verde.
  • LaTeX.

Odio el Word. ¿Está claro?

Paz.

When Genius Meets Down’s Syndrome

20 de Junio, 2009

When Genius Meets Down's Syndrome

Malasaña Chai Tea (34)

20 de Junio, 2009
34
DIANA, MI NUEVA COMPAÑERA DE TRABAJO, se acerca y mira por encima de mi hombro.

—¿Qué haces? ¿Ése es tu diario?

Cierro la libreta y me la guardo en el bolsillo.

—Algo así.

—Yo también escribo un diario. Llevo escribiendo en él desde los catorce años.

La de Diana es una belleza canónica. Es ese tipo de belleza que surge como consecuencia de la perfección de cada uno de sus rasgos. Cada facción es un modelo platónico del que podría derivar, imperfecto, el resto de facciones de la humanidad. Su piel, blanca y homogénea, es como la miga de un pan recién hecho; su pelo largo se derrama formando unos ligeros bucles y su color castaño sería susceptible de ir acompañado de un número y figurar como estándar en una carta cromática; bajo las gafas de montura negra, sus ojos oscuros envían partes de paz y cantos de complicidad imposibles de desoír.

—Cuando mis padres se separaron —dice— me escapé de casa. Estuve una semana desaparecida. Pensé que el problema de su relación era que no tenían problemas. Se llevaban demasiado bien y nunca discutían. Todo estaba en orden y, además, yo era muy buena y ni siquiera me había convertido en una rebelde como todas mis compañeras de instituto. No había ninguna oposición que vencer, ninguna conquista que realizar. Cuando no se tiene nada que ganar, se deja de luchar. El ser humano necesita superarse; la serenidad prolongada no es posible porque la vida es como una corriente en contra en la que si no remas, retrocedes. Así que mis padres acabaron hastiados y decidieron separarse.

Un gordo con barba y chándal reclama su atención para preguntarle por una biografía de Darwin.

—Me parecía estúpido que se separaran —continúa—. Está claro que el conformismo es una mala costumbre, pero es mucho peor el inconformismo pueril al que acaba llegando la gente. Mi madre me comunicó la decisión que mi padre y ella habían tomado y esa misma noche preparé la mochila. Metí unas cuantas camisetas, pantalones y bragas, y pensé que sería un buen momento para empezar a rellenar un diario que mi abuela me había regalado en Navidad.

—¿Y adónde fuiste? —pregunto.

—Estuve en Roma. Mi profesora de inglés me había comentado esa misma semana que se iba con unos amigos hippies y la llamé a las dos de la mañana para suplicarle que me dejara ir con ellos. Me costó convencerla, pero al final accedió. Me dijo que sabía que se iba a meter en un buen lío, pero que yo también me merecía, aunque tuviera sólo catorce años, un poco de libertad. En el peor de los casos, dijo, si me equivocaba, aprendería. Y el aprendizaje era un derecho que ella no podía negarme. Roma fue para mí como estar leyendo una novela y llegar a una nueva parte. No a un nuevo capítulo, sino a uno de esos puntos en que la trama cambia por completo y empiezan a hablarte de una historia diferente que no sabes qué relación puede tener con la anterior. Y creo que puedo, incluso, fijar ese punto exacto dentro del transcurso de mi viaje. La revelación de que algo nuevo había empezado no la experimenté en el avión —nunca antes había volado—, ni al aterrizar. Ni siquiera cuando dormí esa primera noche lejos de mis padres, fuera de mi ciudad y mi país. Me vino al día siguiente. Iba con mi profesora y un amigo suyo caminando por la ciudad, cuando llegamos a la Piazza della Rotonda y vi el panteón. No sé si has estado en Roma, pero tampoco había sentido nada cuando esa misma mañana había pasado por el Coliseo y por el Foro Romano. Los veía y pensaba: “Son iguales que en mi libro de Historia”. Eran, sin duda, majestuosos, y me sorprendía estar allí al lado, cuando hacía apenas unas horas que estaba tumbada en el suelo de mi habitación mirando un póster de Brad Pitt. Pero las sensaciones que me producían se quedaban en la superficie. En cambio, cuando me topé con el panteón, pude sentir que mi vida acababa de cambiar.

—Estuve en Roma hace unos meses —digo—. Pero apenas salí del hotel. Llegamos el viernes, sobre las doce de la noche. Fuimos al hotel, dejamos las cosas y nos fuimos a cenar. Mi novia estaba empeñada en que probáramos la pizza original. Parecía que era lo que más le importaba de Roma o de su vida, y tuvimos que patearnos media ciudad hasta encontrar una pizzería abierta y que fuera de su gusto. Una vez allí, dijo que ya no tenía mucha hambre y pidió un helado. A mí la pizza me daba igual, pero andar tanto me había producido un hambre terrible. Me comí una cuatro estaciones, pero creo que una de las estaciones me sentó mal. Así que no pude moverme del hotel hasta el domingo por la tarde. No pude ver el panteón.

—La comida cada vez es peor. No en Roma, sino en todos sitios. Le echan muchos aditivos, muchos potenciadores de sabor. El glutamato, por ejemplo. La comida china es glutamato con cosas.

—Oye, creo que deberíamos trabajar un poco. Todavía tengo que sacar unos libros del almacén y colocarlos.

—Sí, vamos a trabajar. Por cierto, ¿has visto a Diego?

—¿No está en la planta de arriba?

—Hace un rato que salió. Tenía la camisa sucia y se fue a cambiarse.

—No sé, pregúntale a Leire.

—Leire es la que me lo ha dicho.

A las tres y media de la tarde cojo mi bolsa de cuero y salgo por la puerta.

Tengo una llamada perdida en el móvil.

“Número desconocido”.

Sobre Malasaña Chai Tea

14 de Junio, 2009

Cuando acabe el mes de Junio, Malasaña Chai Tea dejará de publicarse en este blog.

Se cumplirá entonces medio año desde la publicación del primer capítulo.

Será el momento de seguir escribiendo de forma privada. Es posible que haya editoriales interesadas en publicarla, y considero que seis meses de adelanto para el público es una cantidad más que generosa.

Deseo que hayáis disfrutado con lo que va de historia. Podéis seguir haciéndolo hasta final de mes y, en el futuro, con el libro físico si éste, finalmente, se materializa.

Gracias por la fidelidad.

Un abrazo y feliz chai tea.

Malasaña Chai Tea (33)

14 de Junio, 2009
33
NO HE VISTO muchas notas de suicidio. De hecho, no he visto ninguna. Así que no sé si puedo considerar normal la que escribió el padre de Irene: “Desde que me dieron la terrible noticia de que mi mente languidecía poco a poco, estoy luchando sin tregua contra esta idea que ahora ejecutaré. Encaro este drama con optimismo. Sé que algunos lo lamentaréis, pero lo hago por vosotros; bastantes problemas tiene el Mundo como para ser uno más. Yo tampoco quiero esta vida; la vida es otra cosa. Y como no tengo nada, mi legado queda en blanco. Me gustaría que me perdonárais”.

En el libro Comportamiento suicida: Perfil psicológico y posibilidades de tratamiento, Fernando Quintanar afirma que “hay un momento en que al leer las notas suicidas pareciera que ya no existiera el sufrimiento o el problema se hubiera solucionado”. El párrafo se refiere al sentimiento de liberación que inunda al suicida una vez que pone sus razones por escrito. El optimismo del que habla el padre de Irene podría casar con esta observación.

En cuanto a los tipos de mensaje que suelen aparecen en una nota suicida, el autor enumera nueve. En la carta del padre figuran dos: la solicitud de perdón por el acto a cometer y las palabras de despedida del mundo.

Otro tipo de mensaje contemplado en el libro es el que alude al reparto de bienes y propiedades. Aunque no hay reparto alguno en la nota, sí hay una manifestación concreta de que no se deje nada a nadie: “Y como no tengo nada, mi legado queda en blanco”.

Cuando Irene me recitó el contenido de la nota el otro día, ésa fue la frase que más me llamó la atención. Lo lógico, si no quieres dejar herencia, es obviar ésta. Pero la petición expresa de que no se haga cesión de bienes podría albergar algún significado adicional.

Leyendo la nota una y otra vez, reparo en el empleo del verbo languidecer. No es que esté fuera de la órbita cultural de un profesor de biología, pero sí se trata de un verbo demasiado literario para una nota de despedida. “Desde que me dieron la terrible noticia de que mi mente languidecía poco a poco” es un modo muy cursi de decir: “Desde que me dijeron que tenía Alzheimer”.

Homeopatía

10 de Junio, 2009

Estoy harto de lidiar con fanáticos y adoradores de la homeopatía.

La homeopatía es un timo.

Recomiendo la lectura de este artículo, que me parece extraordinario:

Leer artículo

Malasaña Chai Tea (32)

8 de Junio, 2009
32
DONDE ESTABA EL MECHÓN, tengo una calva blanca cuyo tacto me recuerda al velcro.

—¿Cómo voy a salir así a la calle?

—Ponte un sombrero.

Desde la otra punta de la sala, su jefa, una cuarentona con cara de estreñida, le pide que hable menos y trabaje más.

—Cállate ya, zorra —murmura Rosana.

—No sé de dónde voy a sacar el sombrero, como no tengas tú alguno por ahí…

—En la calle La Palma creo que hay una sombrerería. O en Velarde. Estás a cinco minutos, no va a pasar nada porque te vea alguien.

—¿No me puedes dejar una gorra, aunque sea?

—Una gorra… creo que hay una de propaganda… espera un minuto.

La jefa chasca la lengua y la mira con acritud.

—¿Tenéis una guía telefónica? —le pregunto a Rosana, antes de que se vaya.

—Sí, creo que sí. ¿Por?

—Quiero buscar un número.

Vuelve con la guía y con la gorra. Termina de cortarme el pelo. Decide no cobrarme. Acepto.

Busco el número de la madre de Irene y lo apunto en mi libreta de notas.

La gorra es amarilla y lleva impresa en negro publicidad de una inmobiliaria.

Salgo a la calle, pero en lugar de dirigirme a la sombrerería, pongo rumbo a mi casa.

Por el camino, llamo a la casa de Irene. Lo coge la madre. Le explico que soy un amigo de su hija, que ésta me ha comentado que el piso se pondrá pronto a la venta y que estoy muy interesado en verlo.

—El piso… —parece confusa—. Todavía no está a la venta. Pero sí, lo cierto es que quiero tenerlo disponible en unas semanas. Ahora está todo un poco manga por hombro, estoy guardando cosas en cajas y recogiendo.

—La verdad es que me urge bastante. Si pudiera echarle un vistazo, aunque sea por encima, podría hacerme una idea y dentro de unos días, cuando ya esté todo listo, pasarme de nuevo a verlo con más calma.

Acuerdo con ella ir a verlo el viernes a las cuatro de la tarde. Irene sale a las seis de la oficina, así que podré dialogar con su madre sin que ella esté presente. Desde que sé que no me lo cuenta todo, prefiero apartarla del caso todo lo que me sea posible.

Cuando llego a casa, enciendo la tele y conecto el reproductor multimedia. Elijo El Halcón Maltés y le doy a play.

Avanzo la película hasta que Humprhey Bogart sale con sombrero. Pulso pause. Me fijo con detenimiento, tratando de memorizar la imagen.

Me coloco de nuevo la gorra y camino hacia la sombrerería. Voy pensando en lo ridícula que parece El Halcón Maltés en estos tiempos. El ritmo es lento, la manera de hablar carece de naturalidad, y cuando le pegan un puñetazo a alguien, éste se queda sin conocimiento durante cinco minutos.

La tienda es muy discreta: Unos cuantos estantes llenos de sombreros, un delgado espejo de cuerpo entero, y una mesa con caja registradora. Huele a polvo mezclado con ambientador de limón.

El dependiente me dirige una mirada empalagosa. Debe estar a punto de preguntar si me puede ayudar en algo.

—Estoy buscando un modelo concreto —me anticipo, mientras echo un vistazo.

—Ah, sí.

Silencio.

—Pero, ¿lo tienes ya localizado o…?

—No, es la primera vez que vengo. No sé la marca, sólo sé la forma. Y que tiene una cinta, así, más o menos de este grosor.

—Ah, sí, vale, ya sé. Tipo gángster. ¿Lo quieres de algún color en especial?

Me encojo de hombros.

—En blanco y negro.

—Tengo uno blanco, con la tira en negro, y otro negro con…

—No, a ver, es que lo he visto en una película en blanco y negro, pero no sé de qué color será. Gris oscuro, o marrón. Gris oscuro, diría yo. Con la tira en negro.

—¿Como ése?

—Sí, exacto. Es justo ése el que quiero.

El dependiente es un hombre de unos cincuenta años, barbilampiño, de pelo cano y escaso, que calza unas Converse rojas echadas a perder. Cuando se pone de puntillas para coger el sombrero, la camiseta se le levanta y la mitad de sus calzoncillos morados quedan a la vista.

—Yo antes llevaba siempre sombrero —dice—. Cuando La Movida, y tal. Pero un primo mío con el que yo salía se quedó calvo y le dijeron que era por ir siempre con sombrero —se ríe—. Pero no le digas a nadie que te he dicho esto, que si no, no vendo ninguno. Y tú no te lo pongas mucho.

Guardo la gorra en el bolso y salgo de la tienda con unos cuantos euros menos en la cuenta corriente, y el sombrero Humphrey Bogart cubriéndome la cabeza.

Viaje a Roma

8 de Junio, 2009
ROMA 20090605-20090607

Fotos subjetivas de Roma

#1: Aún en Madrid. Starbucks de C/Génova. Las dos mujeres de mi derecha hablan de accidentes de avión.

#2: En el avión. Son las 23:05 según el iPod. Nunca debí comprar el iPod, un ser extremadamente monolítico.

#3: Nubole es nubes en italiano, nubola en singular. Y Dios en la de todos.

#4: En Roma los mosquitos son desmesurados.

#5: Si piensas que has encontrado un italiano legal porque te hace una rebaja, no te lo creas: te ha cobrado menos pero te ha dado una entrada de estudiante para quedarse él con unos cuantos euros.

#6: El romanaccio es el andaluz romano.

#7: En Roma, el disco rojo del semáforo es para miopes y el verde intermitente para mariquitas.

#8: En la piazza de S. Silvestro no puedes tener ganas de miccionar a partir de las 19.40.

#9: Mi piaciono le coccole.

#10: Si Ignatius Farray fuera italiano, mantendría este diálogo:

-Tu sei italiana?

-Sì.

-Erasmus?

-No.

-Bene! Mi piaciono le done difficili!